Mañana tendré otra vez diecisiete años, viviré con mi hermano Charly, mis padres Fernán y Paz. Los cuatro locos a punto de mudarnos a la casita de Cali porque finalizo el preuniversitario y me matriculo en la Universidad Libre como médica. Mañana estaré tendré el ardor de mi recuerdo que aquí voy a fijar.
Vivo para entonces en el descubrimiento que tienen de mí, sin saberlo del todo, es el inicio de mi etapa más candorosa y en un momento me daré el encontronazo con Armand a quien no puedo advertir porque estoy mirando las puntas de mis zapatos, pasando mi cabello por detrás de la oreja, me río y ya sé el porqué, va a suceder.
Las personas desde las bancas me miran, desean perdurar en mis ojos verdes después de terminado el contacto visual. Los chicos reunidos con sus patinetas han detenido sus trucos, también insisten, buscan mi mirada, veo de reojo sus cuerpos balancearse para motivarme, pero no lo otorgo, ignoro por la fuerza a quien se ha acercado por un lado a preguntar mi nombre.
Tengo otra vez diecisiete y camino por Plaza Caicedo, me miro reflejada en los espejos de los negocios, intrigada por mi cuerpo que brota como un estrépito.
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Entonces él se estrella contra mí y se quiebra el reflejo. Golpea mi cara su cara, mi nariz rueda por sus mejillas que amortiguan el incidente hasta la orilla de los labios. La intersección que unió la sorpresa y el dolor cede a la vergüenza en un segundo. Me mira para frustrar su disculpa.
—¿Estás bien?— Extiende su mano hacia mi rostro, pero él no lo ve.
— Yo… — No respondo. Estaba nerviosa por esto que iba a suceder. Me tapo el rostro con las dos manos, todavía no quiero verlo, su cara amada, el rasgo angulado de su rostro cubierto de pecas que llevan en un descampado hasta su boca. Una que voy a besar dentro de cuatro días mientras papá nos observa al pasar por mí a la salida del cine Colombia en Palmetto.
—Estás sangrando.