En la habitación donde guardo
papeles hay un archivero de cuatro cajones bajo llave. Me niego a sacarlo a la
calle, es una pieza única, está fabricado con madera de cedro, tiene un color
natural que va del rosado al amarillo en su albura. Es mi único mueble de
madera fina. Hace años estaba en la sala, pero alguien dijo que
estorbaba.
Lo llevé a la bodega y le dije
con una palmada: “Aquí te quedas, después vengo a verte”. El cedro es muy
resistente al ataque de polillas y hongos, eso me hizo sentir menos culpable,
porque pensé que nada le pasaría. Tiempo después se hinchó de uno de sus
montantes a causa de la humedad. El olvido y el salitre de los muros se dan
juntos.
Mi mueble se llenó de objetos
alrededor, de bolsas de ropa, de libros de horror, electrodomésticos
descompuestos, juguetes rotos, ornamentos que a nadie gustan y de voces. Mi
cabeza necesita más espacio. Debo guardar nuevos recuerdos, mi cabeza me pregunta
con ironía: "¿Podemos deshacernos de este mueble?" No contesté y
seguí leyendo: "Recuerda mi amigo, el conocimiento es más fuerte que la
memoria y no debemos confiar en lo débil".
Cambié el archivero de posición,
no es sencillo desplazarlo. Mi espalda quedaría hecha añicos si decidiera
arrastrarlo por el túnel del tímpano hasta dejarlo caer por el antitrago de la
oreja. Lo imagino cayendo al fondo hasta encontrar el suelo en un ruido de
insecto que pierde el vuelo.
Le quité el polvo lo enceré y lo
pulí. Cuando me alejé para admirarlo suspiré y pensé en el ebanista, en cómo "La
desesperación tiene su propia calma".
De vez en cuando entro
a mi mente para sacar y revisar los papeles que guardo en él. Me gusta abrir
cada uno de sus cajones y hacer espacio en los archivos de la memoria. Mis
papeles y la literatura de vampiros viven en rincones adonde no llega el sol,
duermen un sueño que el tiempo no carcome.
Me hacen sonreír, luego los
regreso y echo llave. Acaricio el nombre de los cajones. La tarjeta que los
titula ha tomado una tonalidad amarillenta, tu nombre no, está escrito con
Esterbrook rojo.