Todos los días dialogo contigo, lo hago en silencio, nos escuchamos uno al otro, callas tú y hablo yo, me interrumpes y volvemos a callar. Hoy te grite en más de tres ocasiones porque no podías concluir la serie que te hará mejor a los cuarenta y un años. Cuando dejé de gritarte serás mejor, podrás mirarme mientras yo callo y tú sonríes, entonces entenderé que no es que haya valido la pena, más bien el tiempo ha transcurrido.
Sé que estos días son preteridos, al instante te envuelven y depositan en un lugar reconocido, sin embargo, ajeno hoy a ti. Entiendo que has venido antes, te cuesta cada vez más encontrar tu reflejo, los espacios sólo deletrean ecos en que no se lee tu voz sino la de quien no te conoce; te escuchas en cambio en una voz infantil que abre un mundo sin edad. Eres extraído de él por una aguja que se entierra en tu espalda.
Si en su voz te reconoces ¿qué ves?, un patio que miro a través de un ventanal al que no puedo acudir para ir a jugar porque llueve, ¿qué sientes?, abandono. Con la frente pegada al vidrio veo las gotas que sobre un piso rojo recrean las formas del lenguaje del agua. Balbuceo algo, nadie escucha porque la casa está sola. Me miro dentro de ella desde una ventana del metro es el día de la demolición. Hay hombres con mazos, martillos, manos, todos encorvados por la ruina. La casa desaparece, ahora es polvo que te cubre en medio de un llano. Me abruma atravesarlo de lado a lado porque una grieta aguarda silenciosa debajo de una grada en la que hay alguien sentado mirándote. Eres tú que mira al niño que eres.