—¿Y por qué me quieres?
Por tus pantorrillas, por tu cintura, por tu espalda, porque nuestra historia se repite intermitente.
Te quiero igual que como te quise al encontrarte en 1850 en la playa fría de Peerie Spiggie, Escocia, mojabas el borde de tu falda con la punta de las olas. Orabas en voz baja y besabas una cruz en forma de espada: "We have heard of the glory of kings, the noble deeds of the spear-Danes in days long past."
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Como la Golondrina de “El príncipe feliz” de Wilde, enamorada de ti: la estatua, alguna vez cubierta de oro y a la que sólo le quedaban sus ojos de rubí. Me pediste no ir a Egipto con mis hermanas y quedarme a tu lado: "Golondrina, golondrinita, duerme a mis pies hasta completar mis deseos."
🪶
Como aquel soldado del ejército ruso que choca contigo en las calles de Frankfurter Allee en Berlín, el 2 de mayo de 1945. Tienes puesto un uniforme de la SS que sobrepasaba tu talla y los labios agrietados. Me insultas en alemán: "Scheiß auf deine Mutter, verdammter Kosako." Tus ojos brillaban en lágrimas.
🌩️
Como Jarrah de los Noongar australianos que en el 68 te ve desnuda en Whitehaven Beach, sabiendo que eres Barnumbir, estrella matutina que presagia su desdicha y su camino a la otra vida. Gritas a un hombre que se baña en el mar: "Honey, come, look at that aboriginal man!"
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Como el esclavo romano que, herido de muerte, te pide agua en una calle de Constantinopla en 1453. Me ofreces en los labios una vasija llena de vino y musitas en latín: "Date sicera moerentibus, et vinum his qui amaro sunt animo […] ut bibant et obliviscantur egestatis suae, et doloris sui non recordentur amplius."
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Como el gato que recorre los tejados de Verona y el anfiteatro para llegar a tu balcón en la casa Capuleto. Allí interrumpo tu sueño y me gruñes levantando una patita, pero me quedo echado a la orilla hasta esperar a que me permitas acercarme y empezar a lamerte toda, mientras ronroneas.
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