En el 7-Eleven de “Histéricos” estuve con Gaia hace años. El recuerdo deja de ser borroso cuando la veo venir por los andenes del metro Chabacano, tiene los laterales de la cabeza rapados y una mohicana azul, los ojos maquillados como alas de cuervo y una playera de Napalm Death desgarrada del pecho.
Abordamos el tren otra vez con dirección a Allende. En el trayecto decía que Sabina era un buen letrista, pero
un taurino idiota. El vagón se llenó en Pino Suárez y la protegí del
tumulto haciéndole un espacio. Ella miró que yo sufría y me dijo: “pégate a
mí”. La abracé y comenzó a reírse, le di un beso para callarla.
Su boca era una frambuesa deshidratada con un piercing que toqué con mis
labios.
No pude remediar el silencio entre los
dos, pero ella parecía contenta y lo dejé así, mejor.
En la calle volvimos a ser sólo conocidos. La invité al mirador de la Torre Latinoamericana donde miramos con el telescopio: el Popocatépetl, el Iztla, el Cerro de la Estrella, el Peñón Viejo, el Monumento a Los Niños Héroes, el Castillo de Chapultepec.
En la cafetería de la torre platicamos de su sobrenombre y de su hijo Gary de pelaje amarillo, de nuestros
vicios, de la UAM-I, de las bromas pesadas del profesor mexicojaponés Omar
Alejandro Higashi Díaz, de la soledad del profesor Roberto Gómez Beltrán.
Le conté que había deseado estar ahí con ella, lo más alto
que pudiéramos. Bajamos al 7-Eleven de 5 de mayo, ella
compró crédito para su teléfono y un six de
cervezas. Nos fuimos a la calle de Tacuba al callejón de libros viejos para beber a
escondidas. En la tercera cerveza comenzamos a besamos y supe que el dulce
desierto de su boca se había refrescado. Su aliento se convirtió en una caverna
donde se estaba bien oyendo caer el agua de la cascada.