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P _ _ b _ _

Mediodía. Alba había regresado a la vieja casona de sus padres. Entre los muebles aromados de anciana madera, los objetos graves de polvo y los adornos velados, Alba se detuvo en una esquina de la sala, su atención se fijó en el retrato de su padre cuando era niño. Una antigua foto tomada a las puertas de la catedral de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción. Su padre posaba a un lado de las palomas que picoteaban migajas sobre los adoquines de piedra volcánica. Entonces debía tener diez años pues marcaba en la parte inferior la fecha 2 de febrero de 1959. 


Alba sonrió a la fotografía, acarició con las yemas el vidrio que guardaba el rostro del niño sonriente y recordó el otro vidrio que hizo de ventana en el ataúd de su padre. Dejó sobre esa frialdad un beso. Cerró los párpados. Lloró de forma silenciosa mientras guardaba el retrato en su pecho.

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Después, al sentirse aliviada, suspiró al ambiente olvidado de la sala. Calmada con el retrato aferrado a su corazón se dirigió al jardín coronado por el árbol de morera que su padre había plantado cuando ella tenía pocos días de nacida. Se sentó al pie del árbol y recargó la nuca en el tronco. Las ramas crujieron, Alba miró hacia arriba y lanzó un grito asustada. Un niño se sostenía a cuatro patas sobre las ramas. Alba se levantó y con un tono entrecortado y molesto le habló al niño. —¡Me asustaste! ¿Cómo entraste aquí? Baja. ¿Quién eres? El niño empezó a descender de manera cuidadosa por la agilidad de la práctica. —Yo vivo aquí— dijo el niño —Me llamó David Rincón—. Alba enmudeció, echo un vistazo al retrato que aún llevaba en sus manos, su entrecejo se arrugó alarmado. Detrás de sus orejas algo tronó. Una campanada. La voz infantil. El sonido que las palomas hacen al revolotear. Otra campanada.

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