Desecho del cielo a media noche, es un saco de bengalas dando vueltas y se derrumba entre nubes en convección, cae a su muerte para vivir en piel propia, se impacta en un charco de la acera, el agua podrida efervesce y humea sobre su desnudez. Boca arriba tose con su rostro sangrante y las pupilas carbonizadas. Intenta levantarse, pero sólo puede sentarse.
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La caída ya era esperada por un automóvil que avanza hasta el cuerpo, se detiene al lado, baja la ventanilla y una voz exhala desde dentro: “¡Te dije que te dejaría caer. Mírate!” Le arrojan una armadura de caballero medieval que retumba contra el piso. El auto arranca.
Se escucha un rayo y la lluvia redobla.
Las gotas caen como miel sobre su cuerpo en un ¡pam – pam – pam – pam – pam - pam!
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Levanta la cabeza se sienta y musita para sí: “Todos caemos”. Pasa los dedos por su cien rota y da un sobresalto. Se asoma en el charco y ve sus mechones pender del rostro. Se levanta bamboleante, cruje. Pasa su lengua por los labios y prueba lo ferroso de su sangre mientras el vapor de su "¡Oh!" hace una bocanada.
Lawrence lo ve todo desde su casa de hule y cartón bajo la Classic Optical de Kensington Avenue.
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"Nos tiran cuando aprendemos a hablar", piensa Lawrence. “Nunca había visto cómo nos vemos al caer”. Él toma una manta y sale. La lluvia corta la luz alógena de las lámparas y la vuelve líquida sobre sus senos.