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Es la primera vez que salgo del edificio de departamentos para dar una caminata. Son las cinco de la tarde, el clima es frío y el cielo parece una nata de leche. En la calle Von Schroeder con Viana, mis primeros pasos arrancan con azoro desde una esquina ochavada que sostiene otro edificio nuevo, cerca de ahí hay un restaurant y un café Vienés. 

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En la siguiente esquina, una pizzería nubla el olfato con el aroma de masa madre horneada con especias. Detrás de sus ventanales hay gente que charla con sus tarros a medio llenar. 

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Es la calle Viña del Mar que se parte en dos. Una de ellas se adentra en curva donde una botillería tiene a jóvenes bebiendo vino avivados por Aphex Twin: «Sólo quiero ser uno de ellos, quiero sentarme con ellos, beber algo y hablar de cualquier cosa. Me gustaría que me dieran tabaco, una copa de vino, o que tan solo me preguntaran ¿cómo estás?» La otra calle asciende y se corona con una casa de gótico victoriano; algo que ver para después. 

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Sigo por el bajo fondo de avenida España, arriba se asoman cúpulas de arquitectura alemana que desembocan en el Reloj de Flores, allí los turistas sonríen para la foto que fija la promesa de un regreso inevitable. La emoción crece porque al girar sus manecillas brilla la línea diamantada del mar que el sol está a punto de quebrar. Unos pasos después del semáforo en naranja, llego a la playa Caleta Abarca donde alguien prepara mojitos y escucha To My Love. Me descalzo, la arena está tibia, suspiro a punto de entrar en la helada agua azul.



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