Dile a Cesar que todavía recuerdo cuando fuimos a la ciudad de México en un viaje por la carretera del Ajusco, un día después del concierto de Brujería en Almoloya del Río. Me dijo que también iba a Iztapalapa a atender un negocio de aparcerías, que podía darme un aventón. Salimos temprano, yo tenía resaca, él no. Me esperó en el crucero y partimos.
— ¿Cómo te sientes? —Me preguntó con una sonrisa, yo le respondí en cámara lenta:
— ¡Traigo seco el radiador!
— Tómate esto —Me dio un Gatorade que me cayo como agua sobre lajas en el desierto.
— Eso te va a alivianar, y si no, pasamos por algo fuerte —y seguía sonriendo.
De camino hacíamos crítica y reseña del concierto, recordamos el setlist de canciones y confirmamos la violencia local de la banda dominando el escenario. A mi me pareció que la extrañeza de quienes no conocía a la banda y la emoción de verlos en el pueblo y hacer el Speed Mosh, dejaron en la laguna Chignahuapan una nata de sanguaza con sus burbujas reventando, respectivamente. Todo en una cocina terrible con "La migra" de fondo:
—¿Cuánto quiere ese coyote?
—Cien mil pesos, patrón.
—¿Pa' todos?
—¡No! Por cada uno.
—Pinche coyote ladrón. Hay que joder al wey.
Fue un concierto ruidoso, hostil. El único donde habríamos de estar los amigos antes del hubiera después del coma.
La carretera del Ajusco se torcía en la bruma, el mejor paisaje con el Signos de Soda Stereo de fondo, exacto. Nunca lo escuché con tanta novedad. Con la ventanilla abajo, la neblina se acomodó en los asientos traseros. En los primeros acordes de guitarra de Cerati y el bajo de Zeta Bosio, los árboles fetales se enderezaban. César saco su mano y la ondeó como acariciando los pastizales ocres abrillantados por escarcha de nieve. Entonces empezó a cantar: «No hay un modo, no hay un punto exacto, te doy todo, siempre guardo algo. Si estás oculta, ¿cómo saber quién eres? Me amas a oscuras. Duermes envuelta en redes».